jueves, 9 de abril de 2009

XANTIX

Amanecía sobre la perfecta organización de la orgullosa civilización de los Xantix. En el sistema estelar que les diera origen todo era bullicio y actividad. Las estaciones orbitales distribuidas por todo el espacio dentro del sistema recibían y despachaban continuamente naves desde y hacia los confines del universo conocido. Por cierto, estos seres, poseedores de conocimientos fantásticos, tenían de que estar satisfechos. Su ciencia, y la tecnología que hablan desarrollado los había llevado en poco tiempo a convertirse en los más grandes Civilizadores del cosmos. Decenas de civilizaciones crecían y se multiplicaban bajo su atenta mirada. Todo era, en su imperio, orden y libertad. Nadie estaba obligado a permanecer bajo el sistema. Tampoco nadie estaba obligado a integrarse. Pero, y en esto residía su mayor orgullo, tampoco ningún pueblo del cosmos jamás ha pedido su retiro del sistema. Por el contrario, muchos eran los que, habitualmente, solicitaban integrarse. En efecto, los Xantix eran casi perfectos; se consideraban como indestructibles como civilización. Esta era la segunda causa, en orden de importancia, de su orgullo. El el palacio de gobierno, ubicado en una maravillosa ciudad flotante sobre el planeta madre, unos ojos rasgados miraban, acariciando, el nuevo amanecer. Uno más del infinito. Pero como cada nuevo día, de importancia trascendental, ya que confirmaba lo sabido desde siempre: la eternidad era su aliada, y nada había que pudiera cambiar este hecho. El corazón de aquel ser rebosaba de orgullo. Su mirada vagaba de un lado a otro a través de los ventanales del amplío jardín casi paradisíaco que lo rodeaba a centenares de metros del suelo, florido y bellamente ornamentado. El planeta entero, es si, era un imponente jardín. En un principio vio que una vez más se confirmaba lo esperado: la luz crecía lentamente en una sinfonía de colores que pasaban por un cromatismo que abarcaba toda la gama desde el carmín hasta el amarillo intenso. En este punto, el astro central del sistema estelar habría salido por el horizonte y todo seguiría su curso normal. Totalmente habituado a esa rutina, en ese momento, después de saludar con una imperceptible reverencia al amanecer, se volvió para continuar con sus tareas. Sin embargo, por primera vez, algo no estaba en su lugar. Allí estaba el astro del que dependía la vida en el sistema pero, cubriéndolo todo más allá de lo esperado, la luz amarilla seguía creciendo en intensidad. Percibió este cambio casi sin darse cuenta. Ese hecho fue penetrando en su conciencia hasta que la atrapó completamente. Se volvió con toda rapidez hacia el ventanal. La luz crecía sin cesar; parecía provenir de todos lados al mismo tiempo. Ignoraba que a estas alturas era uno de los pocos que podían ver este fenómeno en todo su esplendor. Y tuvo, en un instante revelador, un destello de pensamiento de tanta claridad como la que crecía a su alrededor. Tal vez, después de todo en algo se habían equivocado...
Instalado en su banco de pruebas, un estudiante miraba receloso los cálculos que revisaba en busca del error. En alguna parte, habla una cantidad equivocada. Era insignificante, pero habla terminado con su experiencia. Pocos momentos antes, el último diodo de que disponía se había volatilizado frente a su mirada frustrada. No todo estaba perdido, pero debía esperar hasta el lunes para continuar con su práctica de taller. Mientras, podría dedicar el tiempo a repasar la experiencia, ya que la había grabado.
La imagen en la pantalla mostraba con claridad el tablero en el que había montado un circuito de prueba y a él mismo al lado de los controles. Vio cómo aumentaba la tensión por medio de un potenciómetro y entonces, la chispa. Diminuta al principio, viraba rápidamente hacia el amarillo en la juntura del pequeño diodo. Luego, a medida que la sobrecarga aumentaba, el amarillo se hacía tan intenso como un pequeño sol. El joven estudiante miraba con insistencia hipnótica una y otra vez la pantalla del monitor. Algo, no sabía qué, lo atrapaba con furia. Era un espectáculo hermoso, a la vez que trágico. Cuán trágico, el jamás lo sabría.

Historieta de la bofetada

Algunas veces he pensado en la posibilidad de viajar a las estrellas y hubo quién puso todo su empeño en cristalizar mi sueño, aunque también debo reconocer que malinterpretó a que estrellas me refería. En su descargo diré que obró que fue buena fe. Recuerdo el día en que nos cruzamos por primera vez en la calle. Hacía, a nivel cuántico, una eternidad que nos conocíamos y en esos brevísimos instantes que transcurrieron entre haberla visto aparecer en la esquina, haberme parado frente a ella, haberla besado, haber sido correctamente abofeteado y luego, al girar mi cabeza divertido para mirarla, haber chocado contra una columna de alumbrado público, pasé por toda una gama de ensoñaciones, entre las cuales pude escuchar una cristalina carcajada de aquella ignota nauta porteña.
Al día siguiente pude comprobar como se cumplían, contra mi voluntad, todas mis presunciones y a pesar de mis deseos de reencontrarla, esa fue la primer jornada de todas las que siguieron con su ausencia. Pero eso no tenía importancia. Yo la llevaba en mi recuerdo, cardíaco él, y en mi ojo, amoratado por su parte. Hoy no puedo mas que rememorar ese moretón y en especial, aquellos otros astros y estrellas que me cantaron aquello de ¡hay Jalisco, no te rajes..!, que fue precisamente la causa por la que, machasamente, seguí con prudencia mi camino. Pero como a prudencia la dejé varias veces encerrada en un placard, continué cosechando ojos amoratados
Cuando me cansé que me moretearan, para mi desgracia siempre el mismo ojo, opté por ponerme una venda para que me golpearan del otro lado, pero nunca tuve éxito.
Freud habría hecho referencia a la frustración psicótica de las mujeres que siempre pegaban con la misma mano, pero no quiero ni oír mencionar lo que habría dicho de los hombres a los que siempre los zurraban.
A propósito, en aquella época oí un comentario sobre el libro el Varón Golpeado. Después supe que en realidad se llamaba el Varón Domado, pero no me preocupé demasiado por la diferencia.
En general, conocí a muchos que engrosaban las filas de la resistencia, ficticia ella, de los que, a diferencia de los de mi sacrificada especie, buscaban resistirse a la realidad. Pero, científicamente, la ley de un tal Lavoisier dice algo así como que “todo bicho que camina va a parar al asador”. Y estos, a fuerza de resistirse a alguna fulana, han caído en las faldas de otra.
Acción y reacción, causa y efecto, entropía, son distintas maneras de llamar al hecho de que cada regla tenga su excepción y toda excepción su regla. En este desencasillamiento en el que nada es eterno, la realidad es que todo se transforma. Así, un día mi vida se transformó y de soltero golpeado pasé al estatus de varón casado y, paradoja mediante, sin golpes; lo cual, con franqueza, es un alivio tremendo.
Y en cuestión de transformaciones, hubieron varios que estando “cazados” optaron por transmutarse en solteros; pero a pesar de ellos mismos, solo lograron un retorno a medias, quedando en una especie de limbo bajo el rubro indeleble de “separados”. Aunque no por mucho tiempo. De este viaje redondo, especie de boomerang sentimental, pocos han salido. Como en un agujero negro ellos, desde la periferia, van siendo atraídos mientras dicen enfáticamente ¿no-vio?; desde el interior del horizonte de sucesos ellas dicen, casi ingenuamente, ¿si vio?.
No debe ser cierto que cada estrella es el reflejo de un sopapo, o no habría noche.
Hay un conocido que inventó el sopapógrafo, máquina de alta resolución inspirada en el sismógrafo. El sopapograma era una gráfica que medía en cada instante T sub i minúscula, la variación S de intensidad. Pero más tarde lo descartó por aburrido. Solo para Capital Federal y Gran Buenos Aires la gráfica era una línea recta ubicada en el 90% de S.
El mayor problema que tuvo fue calibrarlo. Buscó voluntarios y al final tuvo que tomar las referencias de su experiencia personal. Para eso si tuvo voluntarias.
Demoró en la demostración pública del aparato dos semanas después de las pruebas finales. Justo el tiempo que estuvo internado. Pero su esfuerzo también sirvió para la tesis de una amiga suya sobre la cualidad elástica de la piel. Ella tomó fotogramas a partir de los cuales midió los máximos y mínimos de las crestas, tiempos de reacomodación de la piel, etc. Todo un gran estudio de la bofetada.
La historia, tan relativa como el que la escribe, nos dice que tiempos ha los hombres, esos bípedos peludos, emparentados con los simios tan sólo en su reflejo físico, andaban semi-desnudos y armados con sendos garrotes con los que se hacían entender enfáticamente con sus mujeres, a las que llevaban delicadamente de los cabellos.
Hubo un fulano cuyo nombre lamentablemente no recuerdo, que dijo que los rasgos esenciales de la historia podían ser escritos en una página. Y es que en definitiva se trata de sus esperanzas, deseos, sufrimientos, ambiciones y su supervivencia, todo esto condimentado con anécdotas encadenadas de sucesivos "tiempos modernos". Cuesta creer entonces en la época del garrote en manos de salvajes que azotaban a sus mujeres con ellos.
¿A qué liberación femenina se está refiriendo entonces el mal llamado sexo débil, si desde la época en que respirar fue moderno lo que mas ha hecho el hombre es correr tras ellas, depender de ellas y, al fin, salir de ellas para volver a ellas, irremisiblemente?

DESILUCION

Misha Surkov respiraba pesadamente mientras saltaba de dos en dos los escalones del tercer piso de un edificio casi en ruinas en el que se había refugiado con su familia. Un bombardeo de artillería había destruido su hogar de la periferia, y por poco habría terminado con sus propias vidas, de no ser porque en ese momento estaban ausentes. Todos los edificios habían caído; muchos de sus vecinos yacían bajo los escombros, probablemente muertos. Misha corrió hacia los escombros, pero las brigadas de rescate ya trabajaban en el lugar y no se le permitió acercarse. Con la desesperanza en el rostro y nada en sus manos se alejó del lugar junto a su familia.
Encontraron refugio en el edificio abandonado al que ahora él regresaba. Cargaba una bolsa de alimentos y otra con mantas livianas que las autoridades le habían suministrado. Pero lo más important,e que llevaba, estaba en sus pensamientos. Su rostro, avejentado de preocupación, era en ese momento una mezcla de premura y ansiedad: sus ojos oscuros de color castaño estaban exageradamente abiertos por la fatiga pero, extrañamente, reflejaban, por primera vez en mucho tiempo, una luz que la guerra y el miedo habían opacado. Al llegar, empujó los trozos de lo que había sido una puerta y cruzó el salón en dirección a otro ambiente, separado de aquel por otra puerta que había escapado a la destrucción. Dentro, dos mujeres, una bastante mayor que la otra, y un niño levantaron al mismo tiempo sus cabezas y dirigieron miradas de angustia en dirección a la voz que, opacada, los apremiaba desde el cuarto contiguo. Cuando por fin se abrió la puerta, el hombre entregó los paquetes que, aparte de lo puesto, eran su única posesión en el mundo. Con la voz entrecortada, luego de esa frugal comida, les habló acompañando su intensión con gestos para que se levantaran y recogieran sus magras pertenencias. A medida que el mensaje iluminaba el entendimiento de sus seres queridos, los rostros se permitieron una sonrisa mezcla de melancolía e ilusión. En sus almas había nacido la esperanza.
Lejos, casi del otro lado del mundo, un fax daba cuenta de varias familias que, en calidad de refugiados, partirían esa noche hacia un país sudamericano, que los había acogido para darles "una esperanza de vida digna, en paz, lejos del fragor y el horror de la guerra racial".
Con estas palabras terminaba el breve discurso de un acto protocolar que había merecido elogiosos aplausos, ante la humanitaria actitud del país que los acogía en el seno de su sociedad. ¿Qué más se podía pedir?
Los Surkov, junto a otros en su misma circunstancia, estaban en el puerto esperando embarcar. En el corazón de Misha anidaba la gratitud hacia aquellos que los rescataban de lo que de otro modo hubiera sido un calvario. No solo estaban vivos y sanos, sino que tenían una oportunidad impensada días atrás. Y lo más importante, estaban juntos. Pero también estaba apenado por sus compañeros: muchas familias habían sido diezmadas parcialmente durante los ataques; realmente, no habían tenido su suerte. Pero frente a todos, estaba la esperanza de un nuevo comienzo en una tierra lejos de la guerra, el miedo y el dolor.
*****
Lloviznaba en la fría mañana de invierno. Buenos Aires amanecía bajo un cielo gris que cubría todo hasta donde alcanzaba la vista.
Las personas caminaban presurosas para llegar a sus lugares de trabajo, para muchos, auténticos refugios del inclemente clima ciudadano. Otros, con menos opciones, recurrían a abrigos y gorros de toda variedad que los protegían, en sus puestos callejeros, del rigor invernal. Muchos, a esa misma hora regresaban de sus labores nocturnas. El engranaje social seguía su marcha constante en todos los estratos de la comunidad.
Mientras, en Lavalle y Suipacha, respaldada contra una pared, una figura estaba sentada con las piernas estiradas. Sobre ellas, un niño de corta edad de mirada triste. El adulto había adquirido el hábito de juntar las manos, como en un rezo, en una actitud de súplica frente a todo el que pasaba a su lado. En una media lengua que no era del todo español pedía el dinero necesario para un nuevo día de sustento. No lejos de allí, sobre la Avenida 9 de Julio, una mujer y una niña en la misma actitud de súplica, se acercaban a transeúntes y automovilistas con igual solicitud. Y día tras día, en los trenes, otras personas de igual origen, con criaturas de brazos, recitan una letanía lastimosa en la que narran sus necesidades y desventuras pidiendo por ellas y las criaturas. Y así, cual despojos de guerra, los refugiados mendigan lo que las promesas no cumplieron. En el corazón de Misha anida ahora una renovada desesperanza mientras vaga, como sus compañeros, entre la pobreza y la indiferencia en un mundo de vías y cemento; una tierra de nadie que ahora es su patria.
-Otra guerra, murmura en su lengua, en el medio de la paz.
Es consciente que esto también les puede quitar la vida, pero de una forma más cruel que un balazo: el hambre, la desnutrición, la enfermedad y la falta de oportunidad. En sus oídos, ciertamente se han apagado con el tiempo los ecos de las armas, pero resuenan con la fuerza de la metralla las huecas palabras de los discursos vanos. No obstante, no siente rencor ni enojo por la gente que pasa ignorando su dolor.
-Tienen sus propios problemas, piensa. Ellos no saben...no son responsables...
Su mente elabora, hora tras hora, la justificación que le permite seguir adelante en el seno de una sociedad que, promesas mediante, le abriría sus puertas a la esperanza de una vida mejor. Una justificación que, no obstante, no alcanza para cubrir la profunda tristeza que siente. “He descubierto algo que mata más que las balas: la indiferencia , piensa, es más destructiva porque mata el alma.