Algunas veces he pensado en la posibilidad de viajar a las estrellas y hubo quién puso todo su empeño en cristalizar mi sueño, aunque también debo reconocer que malinterpretó a que estrellas me refería. En su descargo diré que obró que fue buena fe. Recuerdo el día en que nos cruzamos por primera vez en la calle. Hacía, a nivel cuántico, una eternidad que nos conocíamos y en esos brevísimos instantes que transcurrieron entre haberla visto aparecer en la esquina, haberme parado frente a ella, haberla besado, haber sido correctamente abofeteado y luego, al girar mi cabeza divertido para mirarla, haber chocado contra una columna de alumbrado público, pasé por toda una gama de ensoñaciones, entre las cuales pude escuchar una cristalina carcajada de aquella ignota nauta porteña.
Al día siguiente pude comprobar como se cumplían, contra mi voluntad, todas mis presunciones y a pesar de mis deseos de reencontrarla, esa fue la primer jornada de todas las que siguieron con su ausencia. Pero eso no tenía importancia. Yo la llevaba en mi recuerdo, cardíaco él, y en mi ojo, amoratado por su parte. Hoy no puedo mas que rememorar ese moretón y en especial, aquellos otros astros y estrellas que me cantaron aquello de ¡hay Jalisco, no te rajes..!, que fue precisamente la causa por la que, machasamente, seguí con prudencia mi camino. Pero como a prudencia la dejé varias veces encerrada en un placard, continué cosechando ojos amoratados
Cuando me cansé que me moretearan, para mi desgracia siempre el mismo ojo, opté por ponerme una venda para que me golpearan del otro lado, pero nunca tuve éxito.
Freud habría hecho referencia a la frustración psicótica de las mujeres que siempre pegaban con la misma mano, pero no quiero ni oír mencionar lo que habría dicho de los hombres a los que siempre los zurraban.
A propósito, en aquella época oí un comentario sobre el libro el Varón Golpeado. Después supe que en realidad se llamaba el Varón Domado, pero no me preocupé demasiado por la diferencia.
En general, conocí a muchos que engrosaban las filas de la resistencia, ficticia ella, de los que, a diferencia de los de mi sacrificada especie, buscaban resistirse a la realidad. Pero, científicamente, la ley de un tal Lavoisier dice algo así como que “todo bicho que camina va a parar al asador”. Y estos, a fuerza de resistirse a alguna fulana, han caído en las faldas de otra.
Acción y reacción, causa y efecto, entropía, son distintas maneras de llamar al hecho de que cada regla tenga su excepción y toda excepción su regla. En este desencasillamiento en el que nada es eterno, la realidad es que todo se transforma. Así, un día mi vida se transformó y de soltero golpeado pasé al estatus de varón casado y, paradoja mediante, sin golpes; lo cual, con franqueza, es un alivio tremendo.
Y en cuestión de transformaciones, hubieron varios que estando “cazados” optaron por transmutarse en solteros; pero a pesar de ellos mismos, solo lograron un retorno a medias, quedando en una especie de limbo bajo el rubro indeleble de “separados”. Aunque no por mucho tiempo. De este viaje redondo, especie de boomerang sentimental, pocos han salido. Como en un agujero negro ellos, desde la periferia, van siendo atraídos mientras dicen enfáticamente ¿no-vio?; desde el interior del horizonte de sucesos ellas dicen, casi ingenuamente, ¿si vio?.
No debe ser cierto que cada estrella es el reflejo de un sopapo, o no habría noche.
Hay un conocido que inventó el sopapógrafo, máquina de alta resolución inspirada en el sismógrafo. El sopapograma era una gráfica que medía en cada instante T sub i minúscula, la variación S de intensidad. Pero más tarde lo descartó por aburrido. Solo para Capital Federal y Gran Buenos Aires la gráfica era una línea recta ubicada en el 90% de S.
El mayor problema que tuvo fue calibrarlo. Buscó voluntarios y al final tuvo que tomar las referencias de su experiencia personal. Para eso si tuvo voluntarias.
Demoró en la demostración pública del aparato dos semanas después de las pruebas finales. Justo el tiempo que estuvo internado. Pero su esfuerzo también sirvió para la tesis de una amiga suya sobre la cualidad elástica de la piel. Ella tomó fotogramas a partir de los cuales midió los máximos y mínimos de las crestas, tiempos de reacomodación de la piel, etc. Todo un gran estudio de la bofetada.
La historia, tan relativa como el que la escribe, nos dice que tiempos ha los hombres, esos bípedos peludos, emparentados con los simios tan sólo en su reflejo físico, andaban semi-desnudos y armados con sendos garrotes con los que se hacían entender enfáticamente con sus mujeres, a las que llevaban delicadamente de los cabellos.
Hubo un fulano cuyo nombre lamentablemente no recuerdo, que dijo que los rasgos esenciales de la historia podían ser escritos en una página. Y es que en definitiva se trata de sus esperanzas, deseos, sufrimientos, ambiciones y su supervivencia, todo esto condimentado con anécdotas encadenadas de sucesivos "tiempos modernos". Cuesta creer entonces en la época del garrote en manos de salvajes que azotaban a sus mujeres con ellos.
¿A qué liberación femenina se está refiriendo entonces el mal llamado sexo débil, si desde la época en que respirar fue moderno lo que mas ha hecho el hombre es correr tras ellas, depender de ellas y, al fin, salir de ellas para volver a ellas, irremisiblemente?
Cuando me cansé que me moretearan, para mi desgracia siempre el mismo ojo, opté por ponerme una venda para que me golpearan del otro lado, pero nunca tuve éxito.
Freud habría hecho referencia a la frustración psicótica de las mujeres que siempre pegaban con la misma mano, pero no quiero ni oír mencionar lo que habría dicho de los hombres a los que siempre los zurraban.
A propósito, en aquella época oí un comentario sobre el libro el Varón Golpeado. Después supe que en realidad se llamaba el Varón Domado, pero no me preocupé demasiado por la diferencia.
En general, conocí a muchos que engrosaban las filas de la resistencia, ficticia ella, de los que, a diferencia de los de mi sacrificada especie, buscaban resistirse a la realidad. Pero, científicamente, la ley de un tal Lavoisier dice algo así como que “todo bicho que camina va a parar al asador”. Y estos, a fuerza de resistirse a alguna fulana, han caído en las faldas de otra.
Acción y reacción, causa y efecto, entropía, son distintas maneras de llamar al hecho de que cada regla tenga su excepción y toda excepción su regla. En este desencasillamiento en el que nada es eterno, la realidad es que todo se transforma. Así, un día mi vida se transformó y de soltero golpeado pasé al estatus de varón casado y, paradoja mediante, sin golpes; lo cual, con franqueza, es un alivio tremendo.
Y en cuestión de transformaciones, hubieron varios que estando “cazados” optaron por transmutarse en solteros; pero a pesar de ellos mismos, solo lograron un retorno a medias, quedando en una especie de limbo bajo el rubro indeleble de “separados”. Aunque no por mucho tiempo. De este viaje redondo, especie de boomerang sentimental, pocos han salido. Como en un agujero negro ellos, desde la periferia, van siendo atraídos mientras dicen enfáticamente ¿no-vio?; desde el interior del horizonte de sucesos ellas dicen, casi ingenuamente, ¿si vio?.
No debe ser cierto que cada estrella es el reflejo de un sopapo, o no habría noche.
Hay un conocido que inventó el sopapógrafo, máquina de alta resolución inspirada en el sismógrafo. El sopapograma era una gráfica que medía en cada instante T sub i minúscula, la variación S de intensidad. Pero más tarde lo descartó por aburrido. Solo para Capital Federal y Gran Buenos Aires la gráfica era una línea recta ubicada en el 90% de S.
El mayor problema que tuvo fue calibrarlo. Buscó voluntarios y al final tuvo que tomar las referencias de su experiencia personal. Para eso si tuvo voluntarias.
Demoró en la demostración pública del aparato dos semanas después de las pruebas finales. Justo el tiempo que estuvo internado. Pero su esfuerzo también sirvió para la tesis de una amiga suya sobre la cualidad elástica de la piel. Ella tomó fotogramas a partir de los cuales midió los máximos y mínimos de las crestas, tiempos de reacomodación de la piel, etc. Todo un gran estudio de la bofetada.
La historia, tan relativa como el que la escribe, nos dice que tiempos ha los hombres, esos bípedos peludos, emparentados con los simios tan sólo en su reflejo físico, andaban semi-desnudos y armados con sendos garrotes con los que se hacían entender enfáticamente con sus mujeres, a las que llevaban delicadamente de los cabellos.
Hubo un fulano cuyo nombre lamentablemente no recuerdo, que dijo que los rasgos esenciales de la historia podían ser escritos en una página. Y es que en definitiva se trata de sus esperanzas, deseos, sufrimientos, ambiciones y su supervivencia, todo esto condimentado con anécdotas encadenadas de sucesivos "tiempos modernos". Cuesta creer entonces en la época del garrote en manos de salvajes que azotaban a sus mujeres con ellos.
¿A qué liberación femenina se está refiriendo entonces el mal llamado sexo débil, si desde la época en que respirar fue moderno lo que mas ha hecho el hombre es correr tras ellas, depender de ellas y, al fin, salir de ellas para volver a ellas, irremisiblemente?
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