Misha Surkov respiraba pesadamente mientras saltaba de dos en dos los escalones del tercer piso de un edificio casi en ruinas en el que se había refugiado con su familia. Un bombardeo de artillería había destruido su hogar de la periferia, y por poco habría terminado con sus propias vidas, de no ser porque en ese momento estaban ausentes. Todos los edificios habían caído; muchos de sus vecinos yacían bajo los escombros, probablemente muertos. Misha corrió hacia los escombros, pero las brigadas de rescate ya trabajaban en el lugar y no se le permitió acercarse. Con la desesperanza en el rostro y nada en sus manos se alejó del lugar junto a su familia.
Encontraron refugio en el edificio abandonado al que ahora él regresaba. Cargaba una bolsa de alimentos y otra con mantas livianas que las autoridades le habían suministrado. Pero lo más important,e que llevaba, estaba en sus pensamientos. Su rostro, avejentado de preocupación, era en ese momento una mezcla de premura y ansiedad: sus ojos oscuros de color castaño estaban exageradamente abiertos por la fatiga pero, extrañamente, reflejaban, por primera vez en mucho tiempo, una luz que la guerra y el miedo habían opacado. Al llegar, empujó los trozos de lo que había sido una puerta y cruzó el salón en dirección a otro ambiente, separado de aquel por otra puerta que había escapado a la destrucción. Dentro, dos mujeres, una bastante mayor que la otra, y un niño levantaron al mismo tiempo sus cabezas y dirigieron miradas de angustia en dirección a la voz que, opacada, los apremiaba desde el cuarto contiguo. Cuando por fin se abrió la puerta, el hombre entregó los paquetes que, aparte de lo puesto, eran su única posesión en el mundo. Con la voz entrecortada, luego de esa frugal comida, les habló acompañando su intensión con gestos para que se levantaran y recogieran sus magras pertenencias. A medida que el mensaje iluminaba el entendimiento de sus seres queridos, los rostros se permitieron una sonrisa mezcla de melancolía e ilusión. En sus almas había nacido la esperanza.
Lejos, casi del otro lado del mundo, un fax daba cuenta de varias familias que, en calidad de refugiados, partirían esa noche hacia un país sudamericano, que los había acogido para darles "una esperanza de vida digna, en paz, lejos del fragor y el horror de la guerra racial".
Con estas palabras terminaba el breve discurso de un acto protocolar que había merecido elogiosos aplausos, ante la humanitaria actitud del país que los acogía en el seno de su sociedad. ¿Qué más se podía pedir?
Los Surkov, junto a otros en su misma circunstancia, estaban en el puerto esperando embarcar. En el corazón de Misha anidaba la gratitud hacia aquellos que los rescataban de lo que de otro modo hubiera sido un calvario. No solo estaban vivos y sanos, sino que tenían una oportunidad impensada días atrás. Y lo más importante, estaban juntos. Pero también estaba apenado por sus compañeros: muchas familias habían sido diezmadas parcialmente durante los ataques; realmente, no habían tenido su suerte. Pero frente a todos, estaba la esperanza de un nuevo comienzo en una tierra lejos de la guerra, el miedo y el dolor.
*****
Lloviznaba en la fría mañana de invierno. Buenos Aires amanecía bajo un cielo gris que cubría todo hasta donde alcanzaba la vista.
Las personas caminaban presurosas para llegar a sus lugares de trabajo, para muchos, auténticos refugios del inclemente clima ciudadano. Otros, con menos opciones, recurrían a abrigos y gorros de toda variedad que los protegían, en sus puestos callejeros, del rigor invernal. Muchos, a esa misma hora regresaban de sus labores nocturnas. El engranaje social seguía su marcha constante en todos los estratos de la comunidad.
Mientras, en Lavalle y Suipacha, respaldada contra una pared, una figura estaba sentada con las piernas estiradas. Sobre ellas, un niño de corta edad de mirada triste. El adulto había adquirido el hábito de juntar las manos, como en un rezo, en una actitud de súplica frente a todo el que pasaba a su lado. En una media lengua que no era del todo español pedía el dinero necesario para un nuevo día de sustento. No lejos de allí, sobre la Avenida 9 de Julio, una mujer y una niña en la misma actitud de súplica, se acercaban a transeúntes y automovilistas con igual solicitud. Y día tras día, en los trenes, otras personas de igual origen, con criaturas de brazos, recitan una letanía lastimosa en la que narran sus necesidades y desventuras pidiendo por ellas y las criaturas. Y así, cual despojos de guerra, los refugiados mendigan lo que las promesas no cumplieron. En el corazón de Misha anida ahora una renovada desesperanza mientras vaga, como sus compañeros, entre la pobreza y la indiferencia en un mundo de vías y cemento; una tierra de nadie que ahora es su patria.
-Otra guerra, murmura en su lengua, en el medio de la paz.
Es consciente que esto también les puede quitar la vida, pero de una forma más cruel que un balazo: el hambre, la desnutrición, la enfermedad y la falta de oportunidad. En sus oídos, ciertamente se han apagado con el tiempo los ecos de las armas, pero resuenan con la fuerza de la metralla las huecas palabras de los discursos vanos. No obstante, no siente rencor ni enojo por la gente que pasa ignorando su dolor.
-Tienen sus propios problemas, piensa. Ellos no saben...no son responsables...
Su mente elabora, hora tras hora, la justificación que le permite seguir adelante en el seno de una sociedad que, promesas mediante, le abriría sus puertas a la esperanza de una vida mejor. Una justificación que, no obstante, no alcanza para cubrir la profunda tristeza que siente. “He descubierto algo que mata más que las balas: la indiferencia , piensa, es más destructiva porque mata el alma.
Encontraron refugio en el edificio abandonado al que ahora él regresaba. Cargaba una bolsa de alimentos y otra con mantas livianas que las autoridades le habían suministrado. Pero lo más important,e que llevaba, estaba en sus pensamientos. Su rostro, avejentado de preocupación, era en ese momento una mezcla de premura y ansiedad: sus ojos oscuros de color castaño estaban exageradamente abiertos por la fatiga pero, extrañamente, reflejaban, por primera vez en mucho tiempo, una luz que la guerra y el miedo habían opacado. Al llegar, empujó los trozos de lo que había sido una puerta y cruzó el salón en dirección a otro ambiente, separado de aquel por otra puerta que había escapado a la destrucción. Dentro, dos mujeres, una bastante mayor que la otra, y un niño levantaron al mismo tiempo sus cabezas y dirigieron miradas de angustia en dirección a la voz que, opacada, los apremiaba desde el cuarto contiguo. Cuando por fin se abrió la puerta, el hombre entregó los paquetes que, aparte de lo puesto, eran su única posesión en el mundo. Con la voz entrecortada, luego de esa frugal comida, les habló acompañando su intensión con gestos para que se levantaran y recogieran sus magras pertenencias. A medida que el mensaje iluminaba el entendimiento de sus seres queridos, los rostros se permitieron una sonrisa mezcla de melancolía e ilusión. En sus almas había nacido la esperanza.
Lejos, casi del otro lado del mundo, un fax daba cuenta de varias familias que, en calidad de refugiados, partirían esa noche hacia un país sudamericano, que los había acogido para darles "una esperanza de vida digna, en paz, lejos del fragor y el horror de la guerra racial".
Con estas palabras terminaba el breve discurso de un acto protocolar que había merecido elogiosos aplausos, ante la humanitaria actitud del país que los acogía en el seno de su sociedad. ¿Qué más se podía pedir?
Los Surkov, junto a otros en su misma circunstancia, estaban en el puerto esperando embarcar. En el corazón de Misha anidaba la gratitud hacia aquellos que los rescataban de lo que de otro modo hubiera sido un calvario. No solo estaban vivos y sanos, sino que tenían una oportunidad impensada días atrás. Y lo más importante, estaban juntos. Pero también estaba apenado por sus compañeros: muchas familias habían sido diezmadas parcialmente durante los ataques; realmente, no habían tenido su suerte. Pero frente a todos, estaba la esperanza de un nuevo comienzo en una tierra lejos de la guerra, el miedo y el dolor.
*****
Lloviznaba en la fría mañana de invierno. Buenos Aires amanecía bajo un cielo gris que cubría todo hasta donde alcanzaba la vista.
Las personas caminaban presurosas para llegar a sus lugares de trabajo, para muchos, auténticos refugios del inclemente clima ciudadano. Otros, con menos opciones, recurrían a abrigos y gorros de toda variedad que los protegían, en sus puestos callejeros, del rigor invernal. Muchos, a esa misma hora regresaban de sus labores nocturnas. El engranaje social seguía su marcha constante en todos los estratos de la comunidad.
Mientras, en Lavalle y Suipacha, respaldada contra una pared, una figura estaba sentada con las piernas estiradas. Sobre ellas, un niño de corta edad de mirada triste. El adulto había adquirido el hábito de juntar las manos, como en un rezo, en una actitud de súplica frente a todo el que pasaba a su lado. En una media lengua que no era del todo español pedía el dinero necesario para un nuevo día de sustento. No lejos de allí, sobre la Avenida 9 de Julio, una mujer y una niña en la misma actitud de súplica, se acercaban a transeúntes y automovilistas con igual solicitud. Y día tras día, en los trenes, otras personas de igual origen, con criaturas de brazos, recitan una letanía lastimosa en la que narran sus necesidades y desventuras pidiendo por ellas y las criaturas. Y así, cual despojos de guerra, los refugiados mendigan lo que las promesas no cumplieron. En el corazón de Misha anida ahora una renovada desesperanza mientras vaga, como sus compañeros, entre la pobreza y la indiferencia en un mundo de vías y cemento; una tierra de nadie que ahora es su patria.
-Otra guerra, murmura en su lengua, en el medio de la paz.
Es consciente que esto también les puede quitar la vida, pero de una forma más cruel que un balazo: el hambre, la desnutrición, la enfermedad y la falta de oportunidad. En sus oídos, ciertamente se han apagado con el tiempo los ecos de las armas, pero resuenan con la fuerza de la metralla las huecas palabras de los discursos vanos. No obstante, no siente rencor ni enojo por la gente que pasa ignorando su dolor.
-Tienen sus propios problemas, piensa. Ellos no saben...no son responsables...
Su mente elabora, hora tras hora, la justificación que le permite seguir adelante en el seno de una sociedad que, promesas mediante, le abriría sus puertas a la esperanza de una vida mejor. Una justificación que, no obstante, no alcanza para cubrir la profunda tristeza que siente. “He descubierto algo que mata más que las balas: la indiferencia , piensa, es más destructiva porque mata el alma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario